Imagen de un  cuadrúpedo de rasgos felinos. En su cabeza tiene tres cuernos. Su bigote semeja a fauces o colmillos pequeños y redondos, que se curvan alrededor de su cabeza hasta detrás de las orejas. En su ombligo se encuentra una gema de color amarillo, y posee cuatro patas cubiertas por nubes con tres garras afiladas de color rosa oscuro.

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Entusiastas que matan. - Noticia publicada originalmente el 01/09/2013

Publicado por Luky-tolololcolalocarregalizada el 2015-01-16

¡Qué gran verdad! Interesante artículo que refleja mi personal hastío de estos días.

Hace ya siete años, publiqué aquí un artículo titulado “Acabaré odiándola”. Me refería a lo que más me gusta en el mundo, la música, y si preveía un odio
futuro era por la obligación que hoy tenemos de escucharla a todas horas y en todas partes, querámoslo o no, y además no la que elegimos, sino la que nos
imponen otros en las calles, en los trenes, en los teléfonos, en las tiendas, por doquier. En el tiempo transcurrido desde entonces no sólo ese abuso ha
ido a más, sino que se ha extendido a otras cosas, prácticamente a todas, por culpa de los entusiastas de cada una de ellas. “Resultan contraproducentes y los peores embajadores de los objetos de su pasión”

Los entusiastas actuales, se habrán dado cuenta, no se conforman con disfrutar obsesivamente de aquello por lo que sienten predilección, sino que necesitan:
a) que el resto de la humanidad se entere de sus entusiasmos y de su disfrute; b) constituirse ellos mismos en espectáculo; c) imponerle sus aficiones
al prójimo. Con ello lo que consiguen es un efecto contraproducente: sus semejantes acaban por detestar lo que ellos adoran, y sobre todo a los adoradores
mismos, convertidos todos en tremebundos plastas. Unas semanas atrás me quedé atónito hacia el final de un telediario, que daba como noticia “simpática”
y “festiva” lo siguiente: una panda de devotos de la poesía, en vista de que este género a veces sublime se lee muy poco, había decidido “sacar la poesía
a las calles”, es decir, parar a los viandantes y soltarles unos versos a bocajarro; recitar sonetos por un megáfono, molestando así a un vecindario entero;
llamar a los telefonillos de las casas y endosarle unas coplas al incauto que contestara; en suma, dar la tabarra e imponer su fervor. “Si la gente no
viene a los recitales”, decía un majadero ufano, “la poesía irá a los portales”. Como ilustración de la “risueña iniciativa”, se veía cómo un memo, desde
la acera, coaccionaba a un inquilino paciente a tragarse el siguiente “poema”: “No es lo mismo la chica del público que el público de la chica”, o tal
vez fuera: “No da igual el pubis de la muchacha que la muchacha del pubis”, les juro que en todo caso la chorrada tenía de poesía lo que Rajoy de contemporáneo.
Pero vamos, si alguien llama a mi puerta mientras estoy escribiendo, o viendo el fútbol, o lo que sea, y se empeña en leerme algo, aunque sean las Elegías
de Duino de Rilke, lo trituro con mis propias manos (supongo que hoy en día conviene añadir que esto último es una hipérbole, no se me vaya a acusar de
violento). La acción de los entusiastas poéticos no podía dar como resultado sino que el personal odiara los versos a partir de ese día.

Lo mismo ocurre con todo, ya digo. Hay una plataforma que reivindica en Madrid carriles bici como los que hay en otros sitios, y en principio uno no tiene
nada contra ese medio de locomoción. Ahora bien, si cada jueves desde hace meses esos “bicistas” invaden el Paseo del Prado en hora punta y colapsan una
de las arterias de la capital, con los consiguientes retrasos y molestias para toda la ciudadanía, lo normal es que ésta se vuelva en contra de las pobres
bicis –y sobre todo de los abusivos pelmas que las montan– y que íntimamente desee que se fastidien y que jamás les concedan los dichosos carriles. O si
tres días antes de la festividad de la Almudena (¡tres!), los beatos ya están probando con altavoces monstruosos los cánticos que sonarán en el centro
de la ciudad, es natural que los vecinos se dediquen a maldecir a esa Virgen madrileña, esto es, a blasfemar. O si la llegada del Papa de colmillo retorcido
supone que media Barcelona quede tomada y no se pueda transitar por ella desde varias jornadas antes del advenimiento, que quienes viven no demasiado lejos
de la Sagrada Familia se vean impedidos de utilizar el coche e incluso de estacionarlo, y que todo el mundo se vea condenado a escuchar las guitarricas
y las cancioncillas de las desafinadas juventudes papales, entonces no es extraño que la población condal eche pestes de Benedicto, de las monjas, de los
kikos, del fantasma de Gaudí y de cuantos tengan parte en la invasión. O si, de nuevo en Madrid, y por culpa de los premios de la MTV, todo el centro queda
cortado y no hay quien dé un paso de viernes a lunes, a nadie le parecerá raro que la mayoría de los madrileños (por muy popular y multitudinario que sea
un acto, siempre es una minoría la que lo disfruta y participa en él) acaben acordándose de las madres y padres de Shakira, Miley Cyrus y Eva Longoria,
y por su puesto de Gallardón y Lady Gaga.

La semana anterior a este “cosmopolita evento” tocó el llamado Día de la Trashumancia, ese domingo aldeano en que también todo se paraliza para que pasen
las ovejas y bueyes por la zona más céntrica, antigua cañada real. Pero esto ya ha sido convertido en un espectáculo más, con sus fans. Díganme, si no,
qué hacían, junto a las ovejas, unas tías con castañuelas que las acompañaban danzando, sin que los bóvidos siguieran su ejemplo ni les hicieran ni puto
caso. El odio cayó sobre los animales, que qué culpa tenían. Los entusiastas del atletismo, de las maratones, de los mimos, de las bicis, de la música,
de la poesía, de la Almudena y del Papa, todos resultan contraproducentes y los peores embajadores de los objetos de su pasión. Así no hay manera de que
contagien ni una al personal; al contrario, lo vacunan contra todas. Hay entusiastas que matan.


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