Imagen de un  cuadrúpedo de rasgos felinos. En su cabeza tiene tres cuernos. Su bigote semeja a fauces o colmillos pequeños y redondos, que se curvan alrededor de su cabeza hasta detrás de las orejas. En su ombligo se encuentra una gema de color amarillo, y posee cuatro patas cubiertas por nubes con tres garras afiladas de color rosa oscuro.

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Memorias de las Gheisas del Siglo XXI.

Publicado por Luky-tolololcolalocarregalizada el 2015-01-16

Inspirada por las noticias que a diario surgen sobre la trata de blancas, he escrito lo primero que se me ha venido a la cabeza.

an roto tu corazón. Han pisoteado tu dignidad mal cimentada. El adobe de tus sueños ha acabado por resquebrajarse con el terrible terremoto que supuso su pérdida. El trabajo apesta, aguantas a tu jefe, un chulo, como se suele decir por ahí. Tu eres igual que todas esas chicas, esas que llevan pintadas sonrisas rojas, sobre sus mejillas llenas y alegres; aquellas que se ponen minifaldas para salir, para disfrutar, y no con el objeto de hacer más corto y transitable, breve e intenso, el camino que separa tus bragas de la garra de un animal desesperado, un putero en tu mundo.

Hiciste aquello que tus padres te decían: aprendiste a leer y a escribir, desarrollaste tu inteligencia matemática entre sorbos de espeso chocolate caliente, fuiste fuerte y cuando tu madre enfermó, cuidaste a tu hermana. Tu madre murió al fin y lloraste sobre su tumba, releyendo una y otra vez el epitafio. Sin embargo, encontraste una salida para el dolor.
Seguiste creciendo, con el peso de la responsabilidad sobre tus flacos hombros. Cada mañana, acudías a la pequeña escuela de tu pueblo con la vana esperanza, creías, de que podrías huir de ese mundo degradado por la corrupción y el chantaje, ese universo que no estaba echo para una mujer como tú. Te ocupabas de conseguir todo lo que a los tuyos les hiciera falta. Caminabas por las calles húmedas y fangosas, sosteniendo fardos de cosas que no encontraban sentido en tu vida, montones de objetos que no verían la luz, al menos no en tu tercer universo. Pero ante todo, los hombres te miraban, pudiste darte cuenta. Te señalaban y sonreían como buitres esperando caer sobre ti al mínimo descuido de tu implacable vigilancia.

Tu padre se iba haciendo viejo, y a pesar de todo, seguía colaborando para que ese peso de responsabilidad fuera un poco más ligero. Te hubiera encantado abarcar todo con tus brazos, pero las dimensiones de vuestros problemas eran inaccesibles para las buenas intenciones.

Llegó entonces, uno de esos turistas del primer mundo, de esos hombres arrogantes Que se sienten superiores tan solo por lucir con obstentación innecesaria unos zapatos nuevos y maletín de ejecutivo forrado en cara y fina piel. Nunca se ha sabido que interés mueve a los llamados niñitos grandes a visitar un lugar pobre como el tuyo. Nadie puede presumir de saber lo que buscan, que quieren visitar o en realidad, ninguna de las curanderas podrán predecir cual de las chicas de tu edad querrá irse con él, camino del prometido paraiso de los billetes morados.

Así ocurrió contigo. Un hombre mayor, de bigote poblado y traje negro, llamó a tu puerta una desapacible tarde de abril. Entró a tu casa sin mediar palabra y, en un perfecto inglés de no se sabía que lugar, te propuso trabajar como camarera en ese paraíso ideal, que posteriormente empezó a retratar con sus bellas palabras, cargadas, para ti de significado propio. Le creíste y firmaste todo lo que puso ante tus ojos sabiendo que sería la única salida para los tuyos.
No te dejaron recoger tus cosas. Había prisa y debíais partir en cuanto zarpara el barco. Esa noche, dormiste en una cama de hotel, que jamás habías visto. Tus jergones de paja no podrían comparársele en Confort y lujosidad a nada… ¿Por qué tomarse tantas molestias? ¿Por qué tratarte bien a ti? Pronto descubriste que los colchones blandos del país al que te dirigías, no estaban hechos para ti, que nada te pertenecía, que incluso tu vida, esa vida que a marchas forzadas pretendías construir con trabajo y sudor, tampoco era tuya y que al igual que tú, miles de millones de chicas con las mismas ilusiones correrían la misma suerte a manos del sexo.

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